Crítica: CANSADOS DE SER

Escrita por Pablo Lago y dirigida por Cristian Majolo, llega la historia de un problemático reencuentro familiar.

Encuentros y desencuentros

En una noche que parecía normal, se producirá el encuentro que volverá a cruzar a Amparo (Amancay Espíndola) junto a sus dos hijas, con las cuales no mantiene una relación estrecha. Amparo vive junto a su hijo de más de cuarenta (Federico Marrale) y se encuentra distanciada de su hija mayor Clarisa (Romina Pinto). Con su otra hija Laura (Inés Palombo), mantiene una relación cordial.

Un día, decide invitarlas a su casa con la excusa de tener que decirles algo muy importante. Laura llega con su esposo (interpretado por Juan Cruz Wenk), mientras que Clarisa lo hace junto a su hijo cuadripléjico (caracterizado por Mathias Sandor).

Durante la cena, cada uno de los personajes dirá verdades nunca escuchadas, de las que no se podrá volver atrás. La puesta en escena, en la que predominan los colores apagados y poco saturados, transmite los sentimientos de la dueña de casa, rodeada de soledad y frustración por la familia que posee.

La dupla que forman Amancay Espíndola junto a Romina Pinto como madre e hija traspasa los límites del escenario, y la tensión que se genera en ciertos momentos está lograda correctamente. También es destacable el rol de Mathias Sandor, quién a través de su expresión corporal logra que el espectador sienta el sufrimiento que está viviendo.

En Cansados de ser se puede pasar de la risa al llanto y viceversa, así como también sentirse identificado con ciertas situaciones o personajes. La obra hace reflexionar sobre el rol que la familia ocupa en la vida de cada persona, y cómo éste va sufriendo una metamorfosis a medida que pasan los años.

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